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Relatos Cap 3 /3 7 mins read

Arquitectura del silencio

TereValverde
@TereValverde
Ene 20, 2026
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Hay un tipo de silencio que llega después de alguien y se instala como si pagara alquiler.

No es el silencio de no hablar. Ese es fácil: basta con cerrar la boca. Este otro es más complejo. Es el silencio que ocupa espacio. El que modifica la casa sin mover un mueble. El que te obliga a escuchar cosas que antes no existían, porque estaban tapadas por la presencia del otro.

Al principio creí que lo más duro sería no verte. Después entendí que lo más duro era no oírte.

Tu manera de estar hacía ruido incluso cuando no decías nada. Un sonido de fondo mínimo: el roce de tus pies arrastrando un poco, el agua en el lavabo, el “ya vuelvo” dicho sin mirarme, la silla que se aparta, el clic de la luz del pasillo. Pequeñas señales de vida compartida. El tipo de ruido que no se nota hasta que desaparece.

El primer día que dormí sola fue una noche demasiado larga para ser una noche normal. La cama no se sintió grande; se sintió extraña. Como si la cama no fuera un objeto, sino un acuerdo. Una costumbre con cláusulas. Yo me tumbé en mi lado, por inercia, y el otro lado quedó intacto, como una pregunta sin responder.

De madrugada me despertó el sonido del radiador. No era un sonido nuevo. Había estado ahí siempre. Pero antes era parte del paisaje, como el zumbido lejano de una ciudad. Esa noche, en cambio, sonó como un recordatorio: esto es lo que queda cuando falta lo demás.

Me levanté a beber agua y encendí la luz del salón sin necesidad. Me quedé allí, de pie, un rato, mirando nada. Haciendo tiempo. Como si el tiempo fuera algo que pudiera ocupar el sitio de una persona.

En el silencio, el pensamiento se vuelve más ruidoso.

Empecé a hablar sola, sin darme cuenta. No conversaciones largas. Solo frases sueltas, como las que antes te decía sin importancia: “mira qué frío”, “se me ha olvidado comprar pan”, “qué tontería”. Las pronunciaba en voz baja, casi con vergüenza, y luego me quedaba escuchando el eco mínimo de mi propia voz. Era como lanzar una piedra a un pozo y esperar alguna respuesta.

No la había.

A veces, el silencio no es ausencia. Es un espejo.

Me di cuenta de que, contigo, yo hablaba de una manera. Tenía una cadencia distinta, más tranquila. Dejaba pausas. Me permitía terminar las frases sin correr. No era que tú hablaras mucho —de hecho, a veces hablábamos poco—, pero tu presencia me hacía sentir que tenía tiempo. Como si el mundo no me estuviera persiguiendo.

Sin ti, volví a hablar rápido. Como si alguien fuera a interrumpirme. Como si tuviera que justificar cada palabra. Me escuché un día por teléfono y no me reconocí. Esa fue una forma extraña de echarte de menos: no por ti, sino por la versión de mí que existía contigo.

Y ahí apareció la pregunta que nunca me atreví a hacer cuando aún estabas: ¿quién era yo, exactamente, en tu silencio?

Hay silencios que te cuidan y silencios que te esconden.

El nuestro, durante mucho tiempo, fue un silencio cómodo. Nos entendíamos sin necesidad de explicarlo todo. Podíamos compartir una tarde entera sin hablar demasiado, y eso era hogar. Pero, con el tiempo, ese silencio empezó a volverse otra cosa. Como si la comodidad se transformara en costumbre. Y la costumbre, sin darse cuenta, en distancia.

No discutíamos por cosas grandes. Discutíamos por detalles. Por platos sin recoger, por mensajes sin responder, por esa sensación de que el otro estaba, pero no del todo. Y lo peor de las discusiones pequeñas es que no parecen importantes… hasta que lo son.

Recuerdo una tarde en la que llegaste tarde y yo ya había cenado. No porque no te esperara, sino porque el hambre me ganó. Te sentaste frente a mí, abriste la nevera, sacaste cualquier cosa y comiste de pie, como si la mesa fuera un trámite. Yo te miré y pensé: esto no es una escena triste, pero algo aquí se está rompiendo.

No dije nada. Tú tampoco.

La ruptura, muchas veces, no hace ruido.

Ahora la casa está llena de ese tipo de silencios: los que quedaron sin nombrar. En la cocina hay un silencio de cena sin conversación. En el pasillo hay un silencio de abrigos sin dueño. En el baño hay un silencio de espejo compartido que ya no refleja dos caras.

La casa aprendió a hablar con ruidos nuevos.

El reloj del salón, por ejemplo. Antes ni lo notaba. Ahora lo escucho como si marcara algo más que el tiempo: como si contara lo que ya no vuelve. El ascensor del edificio suena como una amenaza pequeña. Cada vez que se detiene en mi planta, mi cuerpo se prepara un segundo, inútilmente. No porque crea que vas a aparecer, sino porque el cuerpo tarda en aceptar lo definitivo.

Los cuerpos son tercos. Se quedan viviendo en el “por si acaso”.

Una noche abrí un cajón y encontré una goma elástica tuya. Una sola. No sé qué hacía ahí. Me quedé mirándola como si fuera una prueba de algo. Me enfadé con la goma. Con la casa. Con el universo. Me enfadé, sobre todo, conmigo por darle importancia a un objeto tan estúpido.

Pero no era la goma.

Era lo que la goma representaba: que, aunque te hayas ido, sigues teniendo la capacidad de aparecer en mi vida sin avisar, con cualquier cosa mínima, y desordenarme el día.

Eso hace la gente que amamos: nos deja puertas mal cerradas dentro.

Intenté llenar el silencio con cosas. Con música, con series, con llamadas, con planes. La primera semana lo hice como quien pone muebles en una habitación vacía: para que no se note tanto el eco. Pero el silencio es paciente. Sabe esperar. Aparece cuando apagas la luz, cuando se acaban los capítulos, cuando nadie contesta.

A veces, lo que más pesa no es estar sola. Es estar sola después de haber sido dos.

Y aun así, con el tiempo, el silencio empezó a cambiar.

Un día me di cuenta de que ya no encendía la tele nada más llegar a casa. Me quité esa muleta sin darme cuenta. Empecé a tolerar el sonido real de la casa: el agua, el suelo, la calle. Empecé a dejar espacios vacíos en el día sin llenarlos con urgencia.

El silencio dejó de ser amenaza y se convirtió, poco a poco, en un lugar.

Un lugar imperfecto, sí. Con esquinas que aún duelen. Pero un lugar mío.

La noche siguiente, antes de dormir, apagué la luz y no sentí pánico. Sentí cansancio, que es otra cosa. Un cansancio limpio. Me giré hacia mi lado de la cama sin pensar en el tuyo. La cama seguía siendo grande, pero ya no era una pregunta.

Fue ahí cuando entendí algo que me costó aceptar: que el silencio también puede ser una forma de supervivencia.

Que, después de perder a alguien, la vida no siempre vuelve con ruido. A veces vuelve con calma. Con esa calma extraña que al principio parece tristeza, pero que en realidad es espacio. Espacio para respirar. Para escuchar tu propia voz. Para reconstruirte sin testigos.

No es que deje de doler.

Es que cambia la arquitectura.

Y eso —aunque no lo parezca— es empezar.

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Menos ruido. Solo avisos cuando importe.

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