La postal
La postal llegó sin sobre, como si alguien la hubiera empujado por debajo de la puerta con dos dedos impacientes. Cartón grueso, borde gastado, una fotografía en blanco y negro de un andén vacío. Podría haber sido cualquier estación vieja si no fuera por el detalle que me hizo tragar saliva: el número del andén, pintado con plantilla sobre una columna, era el mismo que yo había visto mil veces en los planos archivados.
0.
No existe un andén cero. No en esa estación.
Le di la vuelta buscando la broma, la firma, el guiño. Solo había una frase escrita con bolígrafo azul, letra de alguien que no duda al trazar, como si ya hubiera copiado esas palabras muchas veces.
“Último jueves. 02:13. Andén 0.
Si quieres verla viva, sube.”
Me quedé un rato sosteniendo la postal como si pesara más de lo normal. Noté el cartón frío en la yema de los dedos y, con eso, llegó lo demás: el olor de la madrugada en la que recogí sus cosas del depósito, el sonido del fluorescente parpadeando, el eco de mis pasos en un pasillo donde nadie me miraba a los ojos.
Vera.
No pensé “esto es imposible” como lo piensas en una película. Lo pensé como lo piensas cuando se te estropea algo en casa: con cansancio. Con la sospecha de que, si existe una trampa, es porque alguien se está tomando en serio tu dolor.
Miré el calendario. Último jueves: era mañana.
A las dos de la madrugada la ciudad cambia de textura. Las avenidas siguen siendo las mismas, pero pierden la prisa y se quedan con la estructura, como un esqueleto sin ropa. La humedad sube desde los bordillos y el aire huele a metal mojado y a lejía vieja, porque algún servicio de limpieza ha pasado y ha dejado el rastro como un pensamiento insistente.
La estación clausurada quedaba a quince minutos andando desde mi piso si cortabas por el descampado de detrás del antiguo taller. Nunca llevaba a nadie allí. Era el tipo de lugar que los demás olvidan y que yo, por oficio y por manía, no puedo dejar en paz.
Trabajo restaurando material ferroviario y documentos de infraestructura: planos, cuadernos de obra, señales antiguas. Me pagan por devolver legibilidad a lo que el tiempo intenta borrar. Es un trabajo limpio en apariencia. En realidad, es convivir con el óxido.
La verja estaba donde siempre, una boca cerrada con dientes de hierro. Alguien había forzado el candado: no recién, sino con paciencia. La cadena colgaba como un collar roto. Había un camino de pisadas en el polvo, demasiado claro para ser casual. Y, en la pared de ladrillo, una flecha pintada con spray negro apuntaba hacia el interior.
No dije “hola” ni “¿hay alguien?”. Si había alguien, no iba a responderme por educación.
Entré.
La nave principal olía a agua estancada y a palomas. En el techo, algunas chapas vibraban con el viento como si la estación respirara despacio. El reloj grande, el que antes presidía el vestíbulo, estaba arrancado; quedaba el círculo más claro en la pared, una piel sin órgano.
Bajé las escaleras hacia las vías. Mis pasos sonaban demasiado, como si el lugar estuviera escuchando.
Los andenes estaban numerados del uno al seis, todavía. Placas esmaltadas, manchas de óxido en las esquinas. Todo lo que había pasado por allí —prisas, despedidas, anuncios— se había evaporado, pero la geometría seguía.
El andén 3 era el mío, por hábito. Me apoyé un segundo en una columna y miré el reloj del móvil: 02:07.
Siete minutos.
Me sorprendió lo rápido que el cuerpo aprende a obedecer una frase escrita. Como si el cartel hubiera tocado un resorte viejo dentro de mí: si quieres verla viva.
A las 02:10 empezó el primer cambio.
No fue un sonido. Fue la ausencia de sonidos. Los coches de la avenida cercana dejaron de oírse, como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme entre la ciudad y la estación. El viento que antes silbaba entre los hierros se quedó quieto. Incluso las palomas parecieron contener el aleteo.
La piel se me erizó.
A las 02:12 vi que no estaba solo.
Dos figuras caminaban por el andén 1. No corrían. No se escondían. Se movían con la calma de quien llega temprano a un cine vacío. Una mujer con abrigo oscuro y una bufanda demasiado fina para el frío; un hombre más joven, quizá veinte años, con una mochila. No hablaban entre ellos. Miraban al frente.
Pensé en llamarles, preguntar si habían recibido una postal también, pero la idea se me quedó pegada en la garganta. En vez de eso, me limité a observar: ninguno miraba el móvil. Ninguno parecía sorprendido de estar allí.
A las 02:13 exactas, el aire cambió de presión. Lo sentí en los oídos, un pequeño pop interior, como cuando atraviesas un túnel en coche.
Y entonces llegó el tren.
No apareció desde la curva lejana, ni desde el túnel. Simplemente… estaba entrando, como si la oscuridad lo hubiera parido a mitad de vía. No traía el estruendo normal de ruedas y fricción. Era más bien un murmullo grave, un rumor que te golpea el esternón antes que el tímpano.
Las luces interiores eran cálidas, casi domésticas, un amarillo que no correspondía a ningún modelo moderno. Las ventanillas mostraban sombras quietas, como recortes.
El convoy se detuvo con una precisión insultante frente al extremo del andén, donde según los planos antiguos habría habido una puerta de mantenimiento. No había señalización. No había megafonía. Solo el silencio sosteniendo la escena.
Se abrió una sola puerta.
Al lado de esa puerta, donde no había columna marcada, estaba la placa.
0.
No supe si me estaba temblando la mano hasta que vi la luz del móvil vibrar sobre mi palma. La apagué. No quería pantalla entre eso y yo.
Los dos del andén 1 caminaron hacia la puerta abierta sin mirarse. Subieron. La puerta no pitó. No hubo “cuidado, cierre automático”. Solo tragó a los dos como una boca educada.
Yo tardé un segundo más. No por miedo exactamente, sino por esa parte de mí que exige pruebas, que se niega a regalar su incredulidad. Miré alrededor buscando cables, proyectores, cualquier cosa que explicara el truco.
No había nada. Solo óxido, polvo… y ese tren demasiado limpio para estar allí.
Me acerqué despacio.
Al pie de la escalerilla había un hombre de uniforme, pero no era un uniforme de Renfe ni de ninguna compañía actual. Chaqueta oscura sin logotipos, botones mate, una gorra sin insignia. En la mano sostenía una pequeña perforadora de billetes, de las antiguas, como las que he visto en museos. Alzó la mirada y me midió con una calma que no era indiferencia: era contabilidad.
—¿Nico Llorens? —dijo.
Se me encogió el estómago. Asentí.
El hombre extendió la mano.
—Su billete.
—No tengo billete.
La comisura de su boca no se movió, pero sus ojos hicieron algo parecido a un gesto de paciencia.
—Lo tiene.
Miré mis dedos. No había nada.
Luego, como si el tren me estuviera enseñando a mirar, lo vi: un rectángulo de cartón que antes no estaba, apoyado en mi palma, perfectamente alineado con la línea de vida de mi mano. Tan real como la postal. Tan imposible como su existencia.
En letras negras, impecables, ponía:
FERROCARRIL DE LA NOCHE
PASAJERO: Nico Llorens
SALIDA: 02:13
ANDÉN: 0
DURACIÓN DE PARADA: 7 min
Y abajo, como si fuera lo más normal del mundo, una línea que me heló por dentro:
PEAJE: 1 recuerdo
Levanté la vista.
—¿Qué es esto?
El hombre inclinó la cabeza apenas.
—La tarifa.
—No… —tragué—. ¿Qué quiere decir “un recuerdo”?
No se rió. No hizo el gesto de quien está a punto de soltar una explicación larga. Solo acercó la perforadora al billete.
—Quiere decir exactamente eso.
—¿Y si no pago?
—No sube.
Miré la puerta abierta. Detrás, el interior era un pasillo alfombrado, demasiado limpio para un tren. Olía a lana seca y a algo más: lluvia, quizá. O la idea de la lluvia.
—¿Y si subo y luego…?
—No hay luego sin cobro, señor Llorens.
El tren no parecía tener prisa, pero mi cuerpo sí. Miré el reloj del móvil por reflejo y me odié por hacerlo: 02:15.
Cinco minutos.
Pensé en Vera no como concepto, sino como detalle: su manera de guardar el pelo detrás de la oreja cuando enfocaba; el chasquido de la cámara; la marca de café en su taza favorita, siempre en el mismo borde. Pensé en cómo me miró la última vez: como si yo fuera una puerta que no se abre.
Si alguien me hubiera contado esto hace una semana, le habría recomendado dormir. Pero la postal estaba en mi bolsillo. Y ese billete en mi mano.
—¿Quién decide qué recuerdo? —pregunté, intentando agarrarme a algo “razonable”.
El hombre bajó la perforadora un centímetro, como si concediera una precisión.
—El tren.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única.
Cerré los ojos un segundo. Me vi por dentro como un archivador: carpetas, etiquetas, fechas. Siempre he creído que mis recuerdos estaban ordenados porque yo los ordenaba. Ahora, frente a una puerta abierta, entendí lo frágil que era esa soberbia.
—Vale —dije, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería—. Lo pago.
El hombre asintió, como si yo acabara de firmar un documento que él ya tenía preparado. Perforó el billete con un clic seco. El agujero no fue un agujero cualquiera: tuvo forma de siete, perfecto, quirúrgico.
Y entonces ocurrió.
No vi luces ni túneles. No sentí descarga. Lo que pasó fue peor porque fue íntimo: un pequeño tirón en el centro del pecho, como cuando recuerdas algo triste y tu cuerpo lo nota antes que tu mente.
Me llegó un recuerdo —no mío, pensé al principio— con una nitidez insultante:
Una cocina iluminada por sol de tarde. Una mujer de espaldas tarareando. Olor a piel de naranja. Una risa concreta, una risa que hacía dos escalones: primero un resoplido, luego la carcajada. Mis manos pequeñas sobre la mesa, jugando con migas de pan.
Mi madre.
Abrí la boca para decir “mamá” y la palabra no encontró a quién dirigirse.
El recuerdo se retiró como una ola que se lleva arena. Intenté sujetarlo, seguir la escena, recuperar el tarareo… pero era como apretar humo. Sabía, de manera abstracta, que tenía madre. Sabía datos: su nombre en mi DNI, una fotografía en un álbum. Pero esa risa —ese sonido que te ancla a una vida— ya no estaba en mí.
Me mareé. Me apoyé en la barandilla de la escalerilla.
—¿Qué…? —balbuceé.
El hombre me observó sin crueldad.
—Cobrado.
La palabra me dio náuseas. “Cobrado”. Como si mi madre hubiera sido una moneda.
—Se me ha… —me llevé una mano a la sien—. No puedo…
—Puede —dijo el Revisor—. Ya lo ha hecho.
02:18. Tres minutos.
La puerta seguía abierta.
Si me daba la vuelta ahora, ¿qué me quedaba? Una postal y una ausencia nueva. Si subía, al menos esa ausencia tendría sentido. Eso me dije, y me odié también por esa lógica, porque era la lógica de los adictos: convertir la pérdida en inversión.
Subí.
El interior del tren era cálido, pero no acogedor. Era cálido como una habitación donde alguien ha estado esperando mucho tiempo. Las luces no parpadeaban. La alfombra amortiguaba mis pasos. En los asientos, a intervalos, había pasajeros que no hablaban. Algunos miraban al frente con la mirada apagada. Otros miraban sus manos como si estuvieran comprobando que todavía eran suyas.
La mujer de la bufanda estaba sentada a dos filas, de perfil. Sus ojos se encontraron con los míos y, por un segundo, vi algo que no supe nombrar: una mezcla de lástima y advertencia. Como si quisiera decirme “todavía estás a tiempo”, pero ya fuera tarde.
Al fondo del vagón, una ventanilla mostraba oscuridad total. Ni túnel, ni paredes: solo negro. Y, sobre el negro, reflejada en el cristal como un fantasma, vi mi cara.
Me vi pálido. Me vi mayor.
Me vi… roto por una pequeña falta. Como si me hubieran quitado una pieza de infancia y el resto del edificio hubiera crujido un milímetro.
Una campanilla sonó una sola vez. No como aviso, más bien como sentencia.
La puerta se cerró sin ruido.
Noté el movimiento, suave al principio. Miré por la ventanilla esperando ver la estación alejarse. No vi nada: el negro se quedó negro. Luego, de golpe, como si alguien hubiera cambiado una diapositiva, apareció la ciudad.
La misma avenida, sí. Pero no.
Los coches eran modelos antiguos. Los faros tenían otra temperatura. Un cartel enorme anunciaba un teléfono móvil que ya no se vende desde hace más de una década. Y, en la esquina del bar de siempre, el rótulo tenía otro nombre.
El tren frenó.
La puerta se abrió.
No hubo megafonía. No hubo bienvenida.
Solo siete minutos.
Bajé al andén y el aire me golpeó con un olor que no esperaba: tabaco de verdad, de cuando se fumaba dentro de los sitios, mezclado con gasolina más sucia. Miré un periódico tirado en un banco, manchado de humedad.
La fecha me taladró los ojos.
19 de noviembre de 2009.
Mi garganta se cerró. Porque 2009 no era una fecha cualquiera.
2009 era el año en que Vera aún estaba viva.
Y entonces la vi.
No como recuerdo. No como fotografía.
Vera estaba al otro lado del andén, agachada, encuadrando algo con su cámara, el pelo recogido de cualquier manera, la bufanda verde que yo había guardado en una caja. Se incorporó, giró la cabeza… y me miró directamente, como si me estuviera esperando.
Y sonrió.
Pero su sonrisa no era alivio.
Era reconocimiento.
Como si ya me hubiera visto aquí antes.
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
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