Gente que no recuerda
Ana pasó el resto del día observando.
Entró en tiendas, recorrió calles, se sentó en bancos. La ciudad funcionaba, pero lo hacía mal. Como una máquina que repite órdenes antiguas sin comprenderlas. Las personas hablaban, pero no conversaban. Respondían, pero no entendían.
En una cafetería, la camarera le sirvió un café sin preguntarle.
—¿Cuánto es? —preguntó Ana.
—Aquí no usamos dinero —respondió la mujer—. Usamos lo que sobra.
—¿Qué sobra?
La camarera la miró por primera vez. Sus ojos estaban vacíos.
—Lo que no recuerdas —dijo.
Ana salió de allí con un nudo en el estómago. Esa noche, desde la ventana del pequeño apartamento que había alquilado, vio sombras desplazándose entre los edificios. No caminaban. Se deslizaban.
El medallón vibró suavemente sobre la mesa.
Ana entendió entonces algo esencial:
la ciudad no estaba rota.
Funcionaba exactamente como había sido diseñada.
Sigue el libro y vuelve
cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
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