La ciudad que observa
Ana bajó del tren con la sensación de que la ciudad la estaba observando. No era miedo, ni emoción… era una calma extraña, como si todo el ruido del mundo se hubiera detenido justo para ella. Respiró hondo, dejando que el aire frío de la mañana le despejara la cabeza. Los edificios se alzaban imponentes, con fachadas que reflejaban un sol pálido, y las calles parecían vacías, aunque sabía que no podían estarlo del todo.
Caminó por la estación, arrastrando la maleta que crujía con cada rueda sobre el pavimento. A su alrededor, un silencio casi absoluto, roto solo por el eco de sus pasos y algún pitido distante de un tren que se alejaba. Ana no entendía por qué se sentía tan… expectante. Como si algo estuviera a punto de pasar, algo que cambiaría todo.
Al salir a la calle, un viento helado le revolvió el cabello, y la ciudad, por primera vez, pareció viva. Las luces de los semáforos parpadeaban de manera irregular, y los letreros de neón lanzaban destellos que no coincidían con la luz del sol. Cada reflejo en los cristales de los edificios parecía distorsionar la realidad, mostrando sombras que desaparecían en cuanto las miraba directamente.
“Qué raro…” murmuró, más para sí misma que para alguien más.
Siguió caminando, y cuanto más se adentraba en la ciudad, más notaba que algo no encajaba. Los transeúntes pasaban a su lado sin mirarla, pero sus movimientos eran demasiado mecánicos, casi robóticos. La voz de un hombre llamándola de lejos la hizo girar, pero no había nadie. Solo el eco de un saludo que se desvanecía antes de llegar a sus oídos.
Ana sintió un escalofrío. No era miedo, era curiosidad. Y curiosidad era lo que la había traído hasta aquí. La ciudad la atraía, la invitaba a adentrarse en sus calles retorcidas y desconocidas. Y ella no podía resistirse.
Llegó a una plaza central, donde una fuente antigua goteaba lentamente. Cada gota parecía resonar en su pecho, marcando un ritmo que Ana no podía ignorar. Se acercó y vio su reflejo en el agua: sus ojos, amplios y brillantes, miraban fijamente algo que ella misma no comprendía. Y entonces lo vio. Una figura, de pie al otro lado de la plaza, cubierta por una capa oscura, sin rostro visible, observándola.
Ana contuvo la respiración. La figura levantó un brazo y, sin decir una palabra, señaló hacia un callejón estrecho al lado de la plaza. Una voz interior le susurró que siguiera, aunque su instinto le gritaba que huyera.
Pero Ana no podía dar la espalda a esa sensación de destino. Caminó hacia el callejón, sintiendo cómo la luz del día empezaba a desvanecerse, y con cada paso, la ciudad parecía cerrarse a su alrededor. Las paredes se estrechaban, y los sonidos del exterior desaparecían hasta que solo quedaba el eco de su propio corazón latiendo con fuerza.
De repente, todo cambió. Un golpe seco en el suelo hizo que Ana mirara hacia abajo: un pequeño objeto metálico brillaba entre las piedras. Lo recogió y lo reconoció al instante: un medallón antiguo, con símbolos que no entendía pero que parecían… familiares. Una descarga recorrió su cuerpo, un calor extraño que la hizo temblar.
Fue entonces cuando la figura oscura apareció frente a ella, sin haberla visto acercarse. Ana dio un paso atrás, pero no pudo moverse más. La figura habló, y su voz sonó dentro de su cabeza más que en el aire:
—Has llegado, Ana. Todo empieza ahora.
Y en ese instante, la ciudad dejó de parecer tranquila. Cada sombra, cada reflejo, cada susurro cobraba sentido. Ana supo que lo que había sentido al llegar no era calma… era una advertencia. Y que la verdad de la ciudad, de sí misma y de lo que venía, era mucho más peligrosa de lo que jamás podría imaginar.
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cuando salga el siguiente capítulo
Menos ruido. Solo avisos cuando importe.
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