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T.Valverde
Aún está en la repisa, la taza. Esa con el borde astillado, la grieta apenas visible como una herida vieja que no termina de cerrar. No la uso desde hace meses, pero tampoco la tiro. Está ahí como una presencia muda, un recuerdo cotidiano al que no le pongo palabras porque sé que si lo nombro, se rompe del todo.
La compramos en ese viaje al norte, ¿te acuerdas? El clima era insoportablemente húmedo, llovía a ratos, y tú querías caminar igual, con los zapatos empapados y las manos frías. Entramos en una tienda pequeña, de esas donde huele a madera y a mermelada, y elegimos cada uno una taza. La tuya era azul, como siempre. La mía, esta, blanca con motas marrones. Dijiste que me pegaba, que parecía sencilla pero con carácter. No sé si era un cumplido, pero sonreí igual. La primera noche la usamos para el té, en esa cabaña alquilada que tenía más telarañas que mantas, y menos calefacción que ganas de volver.
Durante años fue mi taza favorita. Cada vez que la usaba, se colaba contigo un poco del silencio de ese viaje. No hablábamos mucho entonces, pero no hacía falta. Tus gestos me bastaban para entender lo que pensabas. Lo que no sabía es que eso también era temporal. Que incluso el entendimiento más íntimo tiene fecha de caducidad.
El día que la taza se rompió no fue accidental. Yo la lavaba con cuidado, como siempre. Pero discutimos. Una discusión estúpida, una más de tantas. Sobre horarios, sobre cansancio, sobre cómo el amor, cuando se dice poco, empieza a sentirse menos. Cerré la conversación con un portazo innecesario. Y la taza se cayó. El sonido fue sordo, como si hasta el suelo supiera que no debía hacer escándalo.
No se partió del todo, pero quedó marcada. Como yo.
Pensé en pegarla, en buscar algún tipo de reparación simbólica. Pero no lo hice. Porque la grieta me pareció honesta. Una señal de lo que habíamos sido: algo hermoso, útil, necesario… pero frágil.
Desde entonces la taza sigue ahí. No la uso, pero tampoco la olvido. A veces, cuando el día se me hace largo y la memoria se me cuela sin permiso, la acaricio con los dedos, buscando esa pequeña fisura que ya me sé de memoria. Me recuerda que lo compartido no se borra, aunque se haya roto. Que el cariño no siempre necesita presencia, ni los finales aplausos.
Nunca te conté esto. Ni lo de la taza, ni lo que me sigue pasando cuando la miro. Tampoco lo sabrás, supongo.
Porque hay cosas que no se dicen en voz alta.
Y sin embargo, pesan igual.
Quieres escucharlo? Aquí lo puedes encontrar